12 ago. 2010

Two Genera


La “Intersexualidad” no es un nuevo descubrimiento ni ha aparecido en los últimos años; en la antigüedad muchos eran quemados en la hoguera, acusados de ser enviados del diablo, poseídos o hechizados. En Grecia y Roma, los hermafroditas eran asediados al nacer o al descubrirse su condición. Durante la Edad Media y el Renacimiento, el hermafroditismo estuvo reconocido en los códigos civiles y canónicos; más tarde, se convirtió en motivo de intereses morbosos en las refinadas cortes francesas e italianas, para finalmente quedar como fenómenos de exhibición en circos.

La inmensa mayoría de personas que nacen con cuerpos que varían respecto de los promedios corporales masculino o femenino -y quienes, por lo demás, se identifican por lo general como hombres o mujeres – son sometidas a cirugías de “normalización” genital durante los primeros meses o años de vida, sin su consentimiento y con consecuencias gravísimas e irreparables. Desde hace varios años estas intervenciones han sido y son denunciadas como formas occidentales de mutilación genital; si nos paramos a pensar, no es justo nacer siendo algo elegido para acabar en el cuerpo equivocado.

Hay quienes consideran a la intersexualidad una forma de discapacidad culturalmente producida. Hay quienes en lugar de hablar de intersexualidad prefieren hablar de trastornos de la diferenciación sexual, centrando su crítica en los modos habituales en los que la medicina occidental trata a quienes los padecen.

Esculturas y pinturas de artistas antiguos, donde se encuentra una realidad que siempre ha estado delante de nosotros, pero que no hemos sabido apoyar.

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