30 abr. 2011

It's No Secret



Me desperté a media noche y vi justo a mi lado un duende de color celeste, mi sonrisa se agrandó más que nunca. El duende me cogió de la mano y me llevo escaleras abajo, en el jardín millones de luces brillaban en el cielo, luciérnagas revoloteando sin parar tan cerca de mí que acariciaban suavemente mis mejillas. La piscina cubierta de agua, en ella flotaban patitos de goma, de los que pescaba en la feria cuando me llevaba papá; sobre un árbol se encontraba la cabaña de madera y al subir una música comenzaba a introducirse en mis oídos, era el mejor sueño que nunca había tenido. El cielo cubierto de estrellas, la luna llena y un duende sonriente que había cambiado todo mi jardín, era increible y no quería despertar; cualquier niño se habría quedado en mi jardín aquella noche de primavera... pero también cualquier adulto que tenga en su interior el niño que antes fue, que se llene de recuerdos, que siga pensando en fantasías y cosas encantadas; cualquiera que sepa cerrar los ojos y teletrasportarse a un mundo irreal, que sepa transformar su vida...la historia de su vida.


El duende sacaba objetos de su mochila: el amor tenía forma de corazón, la salud era una sonrisa dibujada en un trozo de papel, la felicidad un teléfono pequeño y antiguo, los sueños eran soldaditos de plomo...por un segundo en mi vida supe que las sensaciones no son abstractas porque no todos los objetos tienen el mismo significado en cada persona...para mí, mi felicidad tiene la forma de una burbuja estallando a cámara lenta sobre mi casa, la casa donde he sido y me han hecho feliz.

Volví a la cama y desperté, ese día fue distinto, quizás en alguna esquina encontraba a mi duende dándome pistas y metáforas sobre como actuar en cada situación, susurrándome al oído historias increibles, historias que me hacen recordar cada día en que lugares se encuentran las soluciones y las escaleras para subir a lo más alto de una misma.



28 abr. 2011

Placeres Prohibidos




Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.



Luis Cernuda, La realidad y el deseo, 1936.




Sentí que mi cuerpo cambiaba su temperatura al leer los versos de Cernuda, tenía sólo 13 años y ni siquiera sabía el significado del amor, del amor prohibido o desconocido; no sabía cómo era el camino que comenzaba a trazar. Ahora, 8 años después, este poema me abre un mundo a través de las venas que rodean este corazón, ahora que conozco tras haber aprendido; después de haberlo leído miles de veces y haber llegado a lo más profundo de la historia del poeta y sus palabras.








Alexandra Bonet

24 abr. 2011

Contradicción

Dicen que el tiempo nos hace madurar; las experiencias, el dolor, las emociones, la socialización, los obstáculos, la verdad, la mentira, los celos, las sorpresas, el color del cielo, el sol, los días grises, el anochecer en buena compañía. Las palabras de los demás, las acciones, las actitudes, las putadas, las alegrías y los llantos íntimos y ajenos.

Dicen que estamos en constante cambio; aceptamos, rechazamos, comprendemos, nos enamoramos, nos independizamos, olvidamos y retenemos recuerdos. Escuchamos, adoramos, odiamos, exigimos y no nos conformamos.

Dicen que no es buena la dependencia; pero dependemos de un corazón, de un trabajo, de una madre, de una vida, de una sociedad, sin querer o queriendo … con una venda en nuestros ojos y sin ella. Dependemos de nosotros mismos, del materialismo, de la comida del día e incluso del agua.

Dicen que rompemos corazones y nos lo rompen, criticamos y nos critican, damos la vida por alguien y un rato cada día engañaríamos con cualquiera al son de Joaquín Sabina, pero no queremos comer una manzana por semana sin ganas de comer. Aprendemos a decir que no, corremos detrás de lo que nos hace daño o de aquello que no podemos conseguir, nos envenenamos.

Dicen que después de nuestra vida una mano invisible, como la del capitalismo, nos indica el camino al cielo, al purgatorio o al infierno.

21 abr. 2011

Pequeñas, grandes, cosas


Me encantan los días oscuros y niebla,
observar cómo se deshacen las pastillas efervescentes en el agua…
Me encanta mirar a la gente a los ojos y ver el brillo de sus pupilas
Sentir que el aire roza los poros de mi piel…
Me encanta el color rojo del tomate, el olor de la sandia y el sabor de lo agridulce…
Me encanta pasear por las calles desiertas, sobre dos ruedas, al compás de las agujas del reloj de la iglesia, en el centro de la ciudad…
Me encanta escuchar los gritos de los niños al salir de clase, el canto de los pájaros cada tarde
Saber que estoy viva cuando las lagrimas se apoderan de mi..
Me encantan los escalofrios del invierno cuando estoy escondida bajo la capucha del abrigo
Los villancicos sonando en cada esquina, la ilusión marcada en navidad y el color vivo de las flores en primavera…
Me encanta el sol en pleno verano, andar sobre la arena y ver desaparecer mis huellas
ver a lo lejos cuerpos en movimiento y el sonido de la corriente marina en mis oídos.
Me encanta la histeria que me provoca el trabajo continuo, el estrés en mis venas…
La dosis de red bull por las mañanas…
Me encanta soñar y vivir de ilusiones
Que papá las rompa a la hora de comer
Me encantan las tiendas de ropa, el espejo del probador y las dependientas
Me encanta que me llamen por mi nombre, que me griten por todo lo malo que pueda hacer
Que me besen y me acaricien con muestras de cariño…
Me encanta participar…perder…apostar…volar
Me encanta lo transparente que es el agua en las botellas de cristal, lo bien que sienta un té cuando amanece
Ver a la gente bailar a mi alrededor…

Me encanta…

1 abr. 2011

La ceguera del poeta

El sonido de los disparos lo despertaron en mitad de una noche de 1936, sus ojos empezaron a iluminarse, a su lado dormía la mujer de su vida, con sólo 19 primaveras y dos mellizos en su vientre que continuaban alimentándose. Entre la duda, la despertó con un susurro porque era el momento de esconderse; ella lo abrazó mientras se incorporaba sentada en la cama y su mirada comenzó a apagarse lentamente.



El sótano era oscuro y muy húmedo, pero creaba una sensación de libertad tan grande cómo si de un prado mojado una tarde de verano se tratara, justo en la plaza central de la ciudad. Alicante, un 20 de noviembre, se convertía en un infierno negro y ruidoso. Allí bajo, las velas eran justas para pasar unas semanas, quizás no más de dos meses, la comida podría ser el mayor problema, pero intentaron ajustarse a los pequeños sacos de legumbres y las botellas de agua que habían recogido en la fuente.




José Bonet atado a su caja de zapatos, su colección de poesía y papeles en blanco para continuar con lo que le hacía vivir cada día; sin embargo, los cuadros continuaban en el comedor, encima de él, en el piso de arriba. Tenía 14 años cuando empezó sus aventuras interiores, cuando su sentimiento e inspiración desembocó en palabras, fue un niño trabajador que ayudaba a su padre en el pequeño huerto de casa y devoraba los libros mientras otros niños chutaban el balón en las calles del barrio. Soñaba con ser escritor y un poeta bohemio, con levantar la mano en signo de libertad bajo el himno de la CNT; rojo desde que tenía uso de razón y nostálgico cientos de amaneceres por la pérdida de su madre el día que cumplió los 18 años.




Los bombardeos, que empezaron en el otoño de 1936, se hicieron cada vez más frecuentes y mortíferos hasta culminar en la catástrofe del bombardeo del Mercado Central el 25 de mayo de 1938. José y Eva vivían muy cerca de la zona, en una planta baja con la fachada amarilla y ventanas de madera vieja, además, un sótano, algo peculiar en una casa de esa época.




Oscuridad que acechas sobre mi,


Libertad invisible que esperanzas a mi corazón,


Dos latidos para dormir


Cerca del aroma de mi amada.

La banda sonora en este cuarto me distrae,


Imagino que allí fuera está el amargo recuerdo,


Mis hermanos, mi familia, Mi casa, mi vida.




Eva estaba de 8 meses, para diciembre venían los niños, por eso José había preparado todo para el nacimiento; sin embargo, el frío cada vez era más húmedo y más difícil de soportar. Un frío que helaba el alma en cada suspiro, no podía dejar de pensar en cómo dar calor a los recién nacidos, quizás con sus cuerpos unidos y el poco calor corporal que desprendían en ese invierno que llegaba. Los niños nacieron sanos y de ojos verdes, morenos como su padre, pero la comida escaseaba cada vez más, rezaban por el final de la guerra, era tan profunda la herida de saber que los primeros años de vida de sus hijos serían en un lugar negro y alumbrados por la llama de una vela.