28 abr. 2011

Placeres Prohibidos




Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.



Luis Cernuda, La realidad y el deseo, 1936.




Sentí que mi cuerpo cambiaba su temperatura al leer los versos de Cernuda, tenía sólo 13 años y ni siquiera sabía el significado del amor, del amor prohibido o desconocido; no sabía cómo era el camino que comenzaba a trazar. Ahora, 8 años después, este poema me abre un mundo a través de las venas que rodean este corazón, ahora que conozco tras haber aprendido; después de haberlo leído miles de veces y haber llegado a lo más profundo de la historia del poeta y sus palabras.








Alexandra Bonet

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