1 abr. 2011

La ceguera del poeta

El sonido de los disparos lo despertaron en mitad de una noche de 1936, sus ojos empezaron a iluminarse, a su lado dormía la mujer de su vida, con sólo 19 primaveras y dos mellizos en su vientre que continuaban alimentándose. Entre la duda, la despertó con un susurro porque era el momento de esconderse; ella lo abrazó mientras se incorporaba sentada en la cama y su mirada comenzó a apagarse lentamente.



El sótano era oscuro y muy húmedo, pero creaba una sensación de libertad tan grande cómo si de un prado mojado una tarde de verano se tratara, justo en la plaza central de la ciudad. Alicante, un 20 de noviembre, se convertía en un infierno negro y ruidoso. Allí bajo, las velas eran justas para pasar unas semanas, quizás no más de dos meses, la comida podría ser el mayor problema, pero intentaron ajustarse a los pequeños sacos de legumbres y las botellas de agua que habían recogido en la fuente.




José Bonet atado a su caja de zapatos, su colección de poesía y papeles en blanco para continuar con lo que le hacía vivir cada día; sin embargo, los cuadros continuaban en el comedor, encima de él, en el piso de arriba. Tenía 14 años cuando empezó sus aventuras interiores, cuando su sentimiento e inspiración desembocó en palabras, fue un niño trabajador que ayudaba a su padre en el pequeño huerto de casa y devoraba los libros mientras otros niños chutaban el balón en las calles del barrio. Soñaba con ser escritor y un poeta bohemio, con levantar la mano en signo de libertad bajo el himno de la CNT; rojo desde que tenía uso de razón y nostálgico cientos de amaneceres por la pérdida de su madre el día que cumplió los 18 años.




Los bombardeos, que empezaron en el otoño de 1936, se hicieron cada vez más frecuentes y mortíferos hasta culminar en la catástrofe del bombardeo del Mercado Central el 25 de mayo de 1938. José y Eva vivían muy cerca de la zona, en una planta baja con la fachada amarilla y ventanas de madera vieja, además, un sótano, algo peculiar en una casa de esa época.




Oscuridad que acechas sobre mi,


Libertad invisible que esperanzas a mi corazón,


Dos latidos para dormir


Cerca del aroma de mi amada.

La banda sonora en este cuarto me distrae,


Imagino que allí fuera está el amargo recuerdo,


Mis hermanos, mi familia, Mi casa, mi vida.




Eva estaba de 8 meses, para diciembre venían los niños, por eso José había preparado todo para el nacimiento; sin embargo, el frío cada vez era más húmedo y más difícil de soportar. Un frío que helaba el alma en cada suspiro, no podía dejar de pensar en cómo dar calor a los recién nacidos, quizás con sus cuerpos unidos y el poco calor corporal que desprendían en ese invierno que llegaba. Los niños nacieron sanos y de ojos verdes, morenos como su padre, pero la comida escaseaba cada vez más, rezaban por el final de la guerra, era tan profunda la herida de saber que los primeros años de vida de sus hijos serían en un lugar negro y alumbrados por la llama de una vela.

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